Durante mucho tiempo, la innovación se entendió como una capacidad que debía desarrollarse principalmente dentro de las organizaciones. Las empresas invertían en talento, recursos y estructuras internas para generar las soluciones que impulsarían su crecimiento futuro.
Sin embargo, la velocidad a la que evolucionan la tecnología y los mercados ha cambiado las reglas del juego. Como señala Henry Chesbrough, impulsor del concepto Open Innovation, en un mundo donde el conocimiento está ampliamente distribuido, las organizaciones ya no pueden depender exclusivamente de sus capacidades internas para innovar. La creación de valor depende cada vez más de la capacidad para integrar conocimiento, talento y experiencia que se encuentran dentro y fuera de sus fronteras.
En este contexto, la innovación abierta ha dejado de ser una simple herramienta de colaboración para convertirse en un modelo organizativo que pretende calar en todas las capas de una organización. Sin embargo, conectar con startups, universidades, clientes o centros tecnológicos es solo el punto de partida. El verdadero reto es transformar esas conexiones en resultados tangibles.
Las mejores ideas no nacen de una conexión, sino de una relación
La innovación abierta suele asociarse a la colaboración entre grandes empresas y startups. Pero reducirla a esta relación es simplificar su potencial. La innovación surge de ecosistemas mucho más amplios, donde universidades, centros tecnológicos, expertos, clientes, proveedores y startups aportan capacidades complementarias para abordar retos complejos.
La clave no solamente está en la diversidad de actores que conforman el ecosistema, sino en cómo se relacionan entre sí. El verdadero valor no está en generar conexiones puntuales, sino en construir relaciones a largo plazo.
En este contexto, la innovación abierta evoluciona desde modelos tradicionales cliente-proveedor hacia dinámicas cada vez más peer-to-peer. El valor ya no surge de una relación transaccional sino de la capacidad de combinar conocimientos, recursos y habilidades para crear algo que sería difícil de alcanzar de manera independiente.
Este cambio implica una transformación profunda en la forma de innovar. Ya no se trata de sumar actores al ecosistema, sino de crear redes alineadas alrededor de objetivos y capacidades complementarias, una característica que MIT Sloan identifica como fundamental en los ecosistemas de innovación, donde los distintos actores se articulan a partir de intereses compartidos, recursos complementarios y relaciones de confianza.
La irrupción de la inteligencia artificial refuerza aún más esta idea. A medida que las organizaciones amplían sus capacidades internas gracias a estas tecnologías, el reto deja de ser ampliar la red y pasa a ser identificar aquellos actores capaces de aportar conocimiento especializado o ventajas diferenciales.
La apertura hacia fuera empieza por la apertura hacia dentro
Construir ecosistemas efectivos requiere mucho más que establecer colaboraciones externas.
Uno de los errores más habituales es entender la innovación abierta como una responsabilidad exclusiva de los departamentos de innovación. Sin embargo, ningún departamento tiene visibilidad sobre todos los retos, oportunidades y capacidades que existen en una organización. Limitar la relación con el ecosistema a un único equipo significa, en la práctica, dejar escapar oportunidades de colaboración y creación de valor.
La innovación abierta debe entenderse como una capacidad organizativa. Requiere una cultura que fomente la colaboración, el intercambio de conocimiento y la apertura a capacidades externas, reconociendo que las mejores respuestas no siempre se encuentran dentro de la organización.
Como refleja el Observatorio de Innovación & IA 2026, impulsado por CIONET y NTTDATA, las principales barreras para innovar ya no son tecnológicas, sino organizativas. La cultura, el talento y la capacidad de movilizar recursos siguen siendo los mayores obstáculos para las organizaciones.
De la colaboración al impacto
La colaboración, por sí sola, no garantiza impacto. El verdadero reto consiste en conseguir que las soluciones generadas sean adoptadas por la organización y se traduzcan en resultados reales para el negocio.
Para lograrlo, la innovación abierta debe conectarse con necesidades concretas y prioritarias. Cuando la colaboración se articula alrededor de retos específicos y objetivos compartidos, el ecosistema deja de ser una red de contactos para convertirse en un mecanismo capaz de aportar conocimiento, capacidades y perspectivas complementarias con un propósito común.
Esta visión es la que impulsamos a través de iniciativas como la Open Innovation Week, un encuentro global que reúne a organizaciones como REPSOL, Sicredi o Unicaja, junto con startups y expertos en tecnología y sector, para cocrear soluciones a retos estratégicos de negocio. El punto de partida no son las tecnologías ni las conexiones, sino los desafíos que las organizaciones necesitan resolver. A partir de ellos, activamos el conocimiento y las capacidades del ecosistema para explorar, validar y acelerar nuevas soluciones. El objetivo de la iniciativa es que cada reto concluya con una prueba de concepto (PoC) validada y una hoja de ruta clara para avanzar hacia su implementación.
Esta es una de las iniciativas que impulsamos desde el Global Innovation Center Spain, donde acompañamos a las organizaciones en la identificación, validación y adopción de nuevas soluciones. Lo hacemos combinando metodologías de innovación, experiencia de usuario, tecnologías emergentes y las capacidades de nuestro ecosistema para transformar conocimiento compartido en impacto real para el negocio.
Porque innovar no consiste en tener todas las respuestas. Consiste en saber cómo conectar el conocimiento adecuado para construirlas.